Voces salvadoreñas de Manitoba marcadas por Monseñor Romero

Por Alejandra Salcedo – Winnipeg, Canadá

Los compatriotas que dejaron El Salvador a causa de la guerra y que ahora radican en Manitoba, Canadá, cuentan cómo el humanismo del religioso les influenció en su vida personal.

“La voz de los sin voz” es una de las tantas expresiones que predicó con el ejemplo Monseñor Óscar Arnulfo Romero en su lucha contra la injusticia social al comienzo de la guerra civil en El Salvador. Romero se dedicó a trabajar por los pobres, denunciar los atropellos sociales y hacer llamados al diálogo y la reconciliación, tal cual lo indica la homilía del 27 de enero de 1980: “Ante el horroroso saldo de sangre y violencia que nos deja esta semana, quiero hacer en nombre del evangelio, un nuevo llamamiento a todos los sectores de los salvadoreños: a dejar los caminos de la violencia y a buscar con mayor empeño soluciones de diálogo, que siempre son posibles mientras los hombres no renuncien a su propia racionalidad y a su buena voluntad”.

Las homilías marcaron la vida de miles de salvadoreños, entre ellos a los compatriotas que emigraron a Canadá a causa de la guerra, así lo demostró la investigación “Voces Salvadoreñas de Manitoba”, auspiciada por el Consejo de Investigación de Ciencias Sociales y Humanidades de Canadá y realizada por el doctor y profesor Alexander Freund, co- director del Centro de Historia Oral de la Universidad de Winnipeg.

Con la recopilación de las memorias, Freund notó cómo los salvadoreños radicados en Winnipeg admiraban al Arzobispo de San Salvador y cómo, a partir de su asesinato, “ya no se sintieron seguros y decidieron dejar su país”.

Testimonios de fe y amor al prójimo

José Serrano, llegó a Canadá hace más de 25 años, fue uno de los compatriotas que confesó cómo las homilías de Romero influyeron en su pensamiento. Se había declarado ateo, pero cuando vio la lucha emprendida por el Arzobispo, su visión cambió porque el jerarca católico hacía un “rescate ético por la vida”. Además, le llamó la atención “su posición muy valiente” al enfrentar a sus compañeros obispos que no estaban de acuerdo con su pensamiento social. “A partir de ahí se ve a un hombre de fe… [que logra] su fortaleza como ser humano en condiciones difíciles. Y después de eso, [yo] sigo pendiente de las ideas que emanan del Arzobispo y quedo fascinado de ver que -en alguna medida-, la religión sí es importante en la vida del ser humano, especialmente cuando él hacía sus análisis de lo que llamaba el sentido práctico del evangelio… y lograba llevar valores éticos, morales y humanísticos”.

Otra de las memorias archivadas en el Centro de Historia Oral de la Universidad de Winnipeg es la de Laura García, que huyó de la guerra en la década los 80. Para esta salvadoreña, la experiencia con el religioso fue más cercana, recuerda que ella, su familia y otras personas fueron asistidas por Romero cuando dejaron sus viviendas en el departamento de Cuscatlán, al norte de la capital, porque el ejército los andaba buscando para matarlos. “Nos fuimos al Arzobispado de San Salvador, para ese entonces ya estaba Monseñor Romero como Arzobispo, pero él no se encontraba… Nos fuimos a Mejicanos, a la parroquia del padre Manuel Barrera, ahí nos quedamos. Fuimos los primeros refugiados en la historia de El Salvador… Recuerdo que al siguiente día dice el padre: ´Ya Monseñor está de regreso, ya tiene un lugar para ustedes´”.

Laura no pudo contener el llanto cuando seguía contando: “nos fuimos a una casa grande con baños y cuartos, tenía camarotes y (Monseñor) avisó a las iglesias cercanas y nos llevaron mucha comida, era demasiada, también eran paquetes de dinero que la gente recogía y nos llevaba. Habían unas monjitas… Recuerdo que un día le dije a una de ellas, – ¡Ay, Madre!, dígale a la gente que ya no traigan dinero, ¿para qué queremos tanto? Y ella me dijo: – No, mi hija, Monseñor acaba de llamar, que ya vienen refugiados de Cinquera y de todas partes de El Salvador, que la guerra aquí ha comenzado y él va a necesitar de toda la ayuda para mantener a la gente”.

Las memorias de Laura no terminan ahí, los buenos oficios del religioso también la salvaron a ella y a su hermana de seguir siendo torturadas cuando fueron secuestradas por cuerpos de seguridad y llevadas al sótano del edificio de la Guardia Nacional (GN). “´Entró un guardia y me dijo: – Quiero la dirección de tu casa y quiero saber si hay gente en la casa de tus papás. Y yo le dije: ¿Por qué?´ Tenía miedo que los fueran a matar. – ´Necesitamos ropa porque mañana vas a salir… quiero la dirección, y tiene que venir alguien para que salgan, porque ese… (Así con palabras horribles) ese hijueputa de Monseñor Romero ya llamó para acá y ya sabe que ustedes están aquí. – ¿Cómo lo supo? – No sabemos – Él tiene contacto divino con Dios, por eso lo sabe. – Y todavía rezongas´, me dijo. ´Él nos ha pedido que las saquemos, que en el nombre de Dios que las saquemos y tenemos que darlas´. Así fue como nosotros salimos”, cuenta Laura.

Día imborrable

La guerra ya era un hecho. Mientras el pueblo veía con buenos ojos las palabras y acciones del religioso en la búsqueda de la justicia, los militares y la derecha lo vieron como un sacerdote de ideas revolucionarias que estaba a favor del comunismo y callarlo les resultó más fácil que aceptarlo.
El fatídico 24 de marzo de 1980, un balazo en el costado izquierdo le causó la muerte al Arzobispo mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia. En ese tiempo, Eduardo Cortez, quien emigró a Winnipeg en el año 90, recuerda la triste fecha, pues trabajaba en el seminario San José de la Montaña donde vivió Monseñor Romero y donde se encontraban las oficinas del Arzobispado.

“Don Guayo”, como le decía el religioso, se encargaba de atender el teléfono y recibir a las visitas; y ese día fue él quien recibió el mensaje inesperado.
“Eran las 6:25 de la tarde, llamaron al Arzobispado pero como lo encontraron ocupado, entonces, llamaron al seminario. Una religiosa del hospitalito dijo: – ¡Avise a Monseñor Rivera que han baleado a Monseñor Romero!-, yo fui el primero que recibí la noticia… los seminaristas estaban en misa y en el momento fui a dárselas. Ya la radio estaba anunciando la muerte de Monseñor Romero. Inmediatamente que lo balearon, lo recogieron de allí y como allí mismo había un periodista que se puso a grabar todo, le informó a las emisoras lo que había pasado… Toda la noche la pasamos así, recibiendo las llamadas tanto en la secretaría del Arzobispado como en el seminario. Yo sentidamente tenía que decir: ´Sí, es cierto, las mismas emisoras están dando la noticia, pero yo no puedo dar ninguna información, solo que es cierto lo que ha pasado y oigan las emisoras´. Estábamos allí solo para contestar que ciertamente había pasado eso, pero que el motivo, ni quién lo había hecho, ni nada, no lo sabíamos”.

Después de 38 años, Monseñor Romero vive en el pensamiento de los salvadoreños y de quienes conocieron su valentía para enfrentar un sistema político represivo y de injusticias. Por su trabajo pastoral y por predicar con el ejemplo, en el nombre de Dios, la Iglesia católica lo proclamará santo. Tal proceso llevó varios años estancado, pero fue desentrampado por el Papa Francisco, en 2013, y hoy es una realidad. Muchos ya le llaman “San Romero de América”, un siervo de Dios que nunca dudó en decir: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

Fotos: Alejandra Salcedo.