Película de cineasta salvadoreña-mexicana nominada al premio Óscar

Noche de Fuego, esta película fue anunciada como finalista para Mejor Largometraje Internacional para los premios Óscar 2021 (Foto cortesía)

Por Lauri Cristina García Dueñas

El “mirar niña” en medio de un mundo de miradas de hombres:

Sobre Noche de fuego de la cineasta salvadoreña mexicana Tatiana Huezo Sánchez, candidata al Óscar como Mejor Largometraje Internacional

Recién vi Noche de fuego (2021) de la cineasta salvadoreña mexicana Tatiana Huezo Sánchez, y todavía estoy volada en el cable y con una contusión profunda en el plexo solar. Hace poco, publiqué en mis redes sociales que, por favor, todas y todos deben regalarse ver esta película en esta temporada. Poquísimas veces he podido contemplar algo tan doloroso y tan bello en una pantalla. De un preciosismo exquisito como en su momento lo fue su documental El lugar más pequeño (2011).

Noche de fuego es impecable, dicen los críticos, y yo suscribo. El pasado 21 de diciembre, esta película fue anunciada como finalista para Mejor Largometraje Internacional para los premios Óscar.

Tres niñas se funden en una amistad intensa, ocurrente y diáfana frente a la intemperie de un pueblo amapolero asolado por los narcos, la policía y el ejército. La tensión o el punto de quiebre más álgido es que, en ese pueblo, como tantos pueblos de México, cuando las niñas llegan a los 13 años, los narcos pueden ir simplemente por ellas, tomarlas, violarlas y ejecutarlas. 

El análisis

Es difícil decir qué es lo primero que salta a la vista en esta cinta, si el guión sutil, el casting, los personajes, la fotografía, el sonido directo, la dirección de arte, pero para mí quien se roba el foco, después de la atinada directora y escritora, es la actriz Mayra Membreño en el papel de Ana adolescente. Ocurre como con Vanessa Bauche en Amores perros (2000), donde todos celebramos el personaje de Susana.

Tenemos también a Mayra Batalla en el papel de madre. Los espectadores, personas expectantes, caemos de rodillas con ella en la escena de la intervención militar. La relación con la madre es entrañable, ella se convierte en la celosa guardiana de Ana hasta volverla “un gusano” escondido en la tierra para protegerla. El padre nunca aparece, pues está en Estados Unidos y a veces no contesta ni el teléfono. 

Realmente son gozosos todos los primeros planos de los rostros de estas dos actrices que hablan con cada gesto.

La fotografía también es característica de la cineasta, planos abiertos al paisaje o cerrados frente a las personas o los insectos. Como Juan Carlos Rulfo en Los que se quedan (2008); Tatiana nos lleva hacia la intimidad de las niñas. Su menstruación, su ropa, su vida, sus cosas.

La producción debe haber requerido mucho trabajo y coordinación porque incluye despliegues militares, policiales y dinamita en una mina de grava en la que trabajan niños que luego, prefieren trabajar en los campos de amapolas y jugar con pistolas.

Una lingüista mexicana comentaba esta mañana que la cinta es un poema, quizás, precisamente, por la contemplación de los entornos naturales, la complejidad, hondura y desolación de sus personajes.

El sonido diegético sintoniza con las imágenes y la historia y aumenta la tensión, la percepción y las emociones de la audiencia.

Los hombres

“No los mires a los ojos (a los militares)”, advierte el personaje de María, porque, sin excepción, todos los hombres de la historia actúan en contra de las niñas. El padre ausente que nunca leerá la palabra “papá” en la pared de adobe y casi no manda dinero, los helicópteros que gasean a una de las niñas con tal de destruir las amapolas, el niño que “juega” a pegarle a la niña, luego a disparar. Después, en gran parte por su responsabilidad, ocurre la desaparición forzada de una de las protagonistas. La policía, los soldados: todos los hombres de la historia son violentos.

Ellos constituyen la intemperie depredadora de las niñas. La amistad entre ellas es un biombo vulnerable que se vuelve rabiosa esperanza.

El pueblo

México y El Salvador están encarnados en este pueblo de esta historia que podría ser casi cualquiera de nuestros pueblos por su violencia, corrupción o ineptitud de las autoridades, el pago de cuotas para el crimen organizado, la pobreza diaria y su desesperación, la leche de las vacas, el huevo frito en la mañana, el aguacate en la cena, la migración, los piojos, el maestro rural, el maestro asesinado.

Ana quiere ser maestra y es entrañable la mirada hacia los maestros de la sierra que arriesgan sus vidas para atender a las aulas de multigrados académicos en los rincones más apartados de México.

La madre es el núcleo de la sobrevivencia, la que trabaja limpiando casas para mantener a la niña  y luego, cuando no le queda de otra, labora en los campos de amapolas en busca de protección para que no se lleven a su niña. Arañando la tierra con sus manos y construyendo un tapanco para esconder a la carne de su carne, al cuerpo de alacrán muerto y ojos de corcholata que Ana dibuja en la escuela.

Lo atinado

Esta cinta podría haber hecho apología de la violencia, revictimizar a las víctimas, moralizar o plantear una dualidad cerrada buenos-malos, como critica el periodista Federico Mastrogeovanni con respecto a la reciente literatura “del narco” o a cierto periodismo narrativo; pero no lo hace y ese es uno de los muchos atinos de la directora. Siendo así, estamos frente a un retrato complejo de la sociedad rural mexicana y latinoamericana.

Al final, esta es una película sobre la amistad entre niñas y mujeres, sobre la posibilidad de sentir juntas, ayudarnos y hasta mandarnos mensajes telepáticos o juntarnos en el salón de belleza para arreglar la vida social.

Acostumbrada a ver a través del lente de los hombres y los directores de cine, la mirada de Tatiana me cimbró de tal forma que pude ver desde los ojos de una niña. El “mirar niña” en una sociedad patriarcal, de heterosexualidad obligatoria y violencia física y simbólica en contra de niñas y mujeres es una “anomalía” esperanzadora.

 

En las montañas de Guerrero, las mujeres deben hallar la forma de sobrevivir y mantenerse, en un lugar donde los hombres deben abandonar su pueblo, en busca de mejores oportunidades de trabajo Noche de fuego de la cineasta salvadoreña mexicana Tatiana Huezo Sánchez, candidata al Óscar como Mejor Largometraje Internacional .

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