Nada mejor para evitar el contagio del Coronavirus que la cuarentena

Foto ilustrativa.
Columna de opinión por Margarita Mendoza Burgos, médico.

El aislamiento, ya sea autoimpuesto u obligatorio, ha funcionado como método para contener la pandemia. Sin embargo, el confinamiento produce algunos daños colaterales que conviene mencionar. 

Por ejemplo, todas las personas que ya tenían problemas de salud mental y otras conductas verán exacerbada su sintomatología por dos razones muy simples. Primero, por la imposibilidad de atender a sus consultas; y segundo, porque no podrán seguir tan fácilmente sus rutinas de alimentación, ejercicio y sueño, por nombrar algunas. 

Lógicamente el encierro ha provocado múltiples efectos secundarios que atacan todos los ángulos de la salud integral, que llegan incluso al maltrato físico y psicológico.

Si comemos peor, si dormimos mal y si nos abandonamos al sedentarismo las consecuencias pueden ser graves. 

El encierro, como si fuera poco, genera mucha agresividad y es producto de un estado de tensión, en algunos casos incertidumbre y también depresión, que no ha podido ser manejado correctamente.

En la cuarentena todas las actividades serán afectadas a menos que se haga un meticuloso horario y se respeten rutinas, igualmente no deja de ser difícil si no hay forma de variar un poco las mismas para evitar el aburrimiento.

Es complicado atenerse a una rutina cuando no existe forma de modificarla un poco.

Parece paradójico, pero el ser humano necesita variedad, del mismo modo que los animales.

La tensión o la ansiedad, o como quiera llamarse, es infinitamente superior durante el confinamiento y genera una extraña sensación de impotencia, ya que chocamos con la imposibilidad de manejar la situación a nuestro antojo.

Es, al fin de cuentas, una forma de encarcelamiento apenas aderezada con una pequeña dosis de libertad. Igual es una prisión: la jaula aunque sea de oro, no deja de ser una prisión. Así lo refleja en Gran Bretaña un artículo de la revista Lancet Psychiatry, donde los profesionales reclaman que se refuerce la vigilancia del impacto psicológico que genera la epidemia, que es mayor, según los sondeos, al propio miedo a caer enfermo con el virus.

No es necesario ser claustrofóbico por estos días para que el encierro nos genere estrés, ya que se combina peligrosamente con otros factores. Si además se habita en un espacio pequeño, la pérdida de intimidad y de libertad pueden generar situaciones incómodas como roces de pareja, peleas entre padres e hijos, reproches y voces fuera de tono. En España, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad, durante los primeros quince días de confinamiento, el teléfono gratuito de atención a las víctimas de violencia de género recibió un 18,21% más de llamadas que en el mismo periodo del mes de febrero.

Además, el estar inmovilizados terminará por afectarnos aún más.

¿Y dónde dejamos el famoso “mente sana en cuerpo sano”? Aún aquellos que no se ejercitaban demasiado al menos tenían actividades como ir a hacer la compra o salir a hacer trámites que los volvían de cierta forma activos. La cuarentena y sus restricciones paralizaron todo, no solo nuestro humor. 

La forma en que vivimos ha cambiado totalmente. O nos adaptamos o las consecuencias serán muy nocivas.