Los problemas de la gente no se resuelven a golpes de tuits

Por Guillermo Mejía

La discusión de los problemas que aquejan a la sociedad con la amplia participación de los diversos sectores, no puede seguir suplantada por la ilusión de que es a través de las redes sociales donde se entabla la conversación, entre gobernantes y gobernados, con la anuencia de los medios de comunicación social.

La premisa se sustenta en que, aunque defectuosa, esta sociedad se desarrolla dentro de un modelo de democracia liberal o burgués, donde se estima -en teoría- que el instrumento idóneo es el diálogo social, que permita el encuentro entre las élites y la ciudadanía, a la par de que existe un cuerpo de prensa que contribuye con su papel de mediación.

Recientemente, el profesor argentino José Luis Orihuela dijo que “la red política por excelencia debería ser el parlamento, no una plataforma tecnológica privada de San Francisco” y lamentó que “los políticos y los periodistas han convertido a Twitter en un monstruo fuera de control que amenaza la calidad de la vida democrática y privatiza espacios de conversación que deberían seguir siendo públicos”.

Orihuela, de la Universidad de Navarra, ofreció las declaraciones a la web española Beers&politics, a la que advirtió que “Twitter es un complejo mecanismo de influencia que funciona desde el poder, desde la oposición, desde los medios y desde las bases, pero su funcionamiento como red acaba constituyendo un baipás de los mecanismos institucionales de influencia establecidos por las democracias”.

Según él, hay que recordar que la crisis de confianza que rodea a la clase política y a los estamentos del gobierno “no está generada por las redes sociales sino por la corrupción, el cortoplacismo, el partidismo y la manifiesta ineficacia de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”. Eso sí, “las redes funcionan como un altavoz del descontento popular y como una correa de transmisión de los eslóganes de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”.

Para Orihuela, el problema es que “cuando el poder no permite preguntas en las ruedas de prensa o solo usa las redes para hacer propaganda o para resolver rencillas tácticas con sus oponentes, entonces se le están sustrayendo debates esenciales a la ciudadanía. No resulta extraña, por tanto, la crisis reputacional de la política, pero se trata de un problema que no tiene soluciones tecnológicas”.

“Ahora de lo que se trata no es de demonizar a la tecnología ni de pretender un retroceso imposible a etapas anteriores, sino de establecer mecanismos de compensación para que la velocidad no altere la calidad de los procesos de toma de decisiones en todos los niveles de nuestra vida, también en el ámbito político y periodístico”, advirtió.

“No podemos seguir funcionando a golpe de mensajes instantáneos o de tuits, por más virales que sean o se fabriquen”, añadió.

Las reflexiones del profesor de comunicaciones caen como anillo al dedo en sociedades como la nuestra donde lo “más avanzado” en el ejercicio del poder –según la ilusión del momento- es perfilarse como conocedor y practicante de las redes sociales, pero sin entablar la relación directa ni con los ciudadanos ni con los periodistas. El manto de la opacidad y, por ende, la ausencia de transparencia.

Para el caso de España, según Orihuela, los partidos políticos están utilizando las redes sociales para intercambiar consignas. “No están hablando entre ellos, ni con los periodistas, ni con los ciudadanos. Hay terror a la conversación porque hay muy poco pensamiento propio y demasiado argumentario táctico”.

La solución: “En cualquier caso, hay que recuperar el parlamento como espacio para el debate público, así como las ruedas de prensa y los debates televisivos ante periodistas”, afirmó el maestro argentino.

Ahora bien, la otra parte importante que no se puede dejar de lado es el papel que deben jugar los medios de comunicación social, sobre todo cuando se habla de muestras preocupantes de autoritarismo en el ejercicio del poder, a lo que se suma la falta de rendición de cuentas, la transparencia y el acceso a la información pública.

En ese marco, Marty Baron, ex director de The Washington Post, dijo al periódico La Nación, de Buenos Aires, que “el periodismo tiene un papel fundamental en la democracia. Por eso, sin importar las presiones que enfrentemos, independientemente de cómo cambie el negocio, debemos permanecer fieles a los valores fundamentales de nuestra profesión”.

“Y en el corazón de eso está hacer que las instituciones poderosas y los individuos poderosos rindan cuentas. Ese es el papel más importante de una prensa libre. Ese es el deber más alto de quienes trabajamos en este oficio”, agregó.

Sin embargo, reconoció que existe el desafío de llegar a audiencias complejas. “…lamentablemente, mucha gente no busca estar informada; busca ser afirmada”.

“Muchos quieren medios de comunicación que afirmen su punto de vista preexistente. Quieren que los medios les digan que lo que ya piensan es exactamente correcto. Eso es diferente de estar informado, de aprender cosas que no sabías, o que la prensa te diga que lo que pensabas que era cierto podría no serlo o cambiar tu forma de pensar sobre las cosas”, dijo Baron.

“La información te hará pensar con mayor profundidad. Pero para eso necesitamos una sociedad que quiera estar informada, no una que quiera ser afirmada. Y necesitamos una profesión que considere que su misión es informar a las personas, no afirmarlas. Desafortunadamente, en el sistema actual, existe un mercado para los medios que ven la oportunidad de ganar dinero afirmando los puntos de vista preexistentes de las personas de derecha e izquierda”, afirmó.

Y sentenció: “Y algunas de las cosas que están afirmando son teorías de conspiración salvajes, extrañas y sin fundamento. Ese es un problema real. Pero no solo la prensa debe lidiar con eso. Es la carga de la sociedad en general”.

A la pregunta de si debe la prensa asumir algún papel para reducir la polarización, el ex director de The Washington Post señaló que sí. “Debemos asegurarnos de que no somos parte de la polarización, que no acentuamos esa polarización”.

“Nuestro trabajo es conocer los hechos, independientemente de a quién ayude y a quién hiera. Puede ayudar a una de las partes. Puede lastimar a otra parte. Pero realmente no importa. Porque nuestro trabajo no es promover una ideología, al menos aquí en The Washington Post”, señaló.

“Nuestro trabajo es determinar cuáles son los hechos, ponerlos en el contexto adecuado y escribirlos de una manera que involucre al público, sin preocuparnos por si ayuda a un partido político u otro, si ayuda a una ideología u otra. Nuestro principio central es decir la verdad en la medida en que se pueda determinar la verdad. Está inscrito en la pared, cuando entramos en nuestra redacción. Y eso es lo que debemos hacer e intentamos hacer”, afirmó Baron.

Los desafíos son de todos. Los que ejercen el poder, los periodistas, editores y dueños de los medios de comunicación social, así como las audiencias que también son complejas. Sin duda, hace falta mucho compromiso y, por supuesto, que se viabilice una educación, en especial en aspectos políticos y mediáticos a fin de contar con una ciudadanía crítica que realmente haga lo que le corresponde.