“La impunidad no tiene ideología ni clase social”, dice experto salvadoreño en Derechos Humanos

Por Oscar Vigil

Toronto, Canadá. Benjamín Cuéllar, ex director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (IDHUCA) de El Salvador es a todas luces una de las voces más autorizadas en materia de derechos humanos en Centro América y México. La semana pasada estuvo en Toronto haciendo una visita de tipo personal, pero aprovechó para analizar con sus compatriotas la realidad que vive el país centroamericano.

Cuéllar es Cofundador del Centro de Derechos Humanos “Fray Francisco de Vitoria”, en México, del cual fue Secretario Ejecutivo hasta el final de 1991, cuando se trasladó a su natal El Salvador para asumir como Director del IDHUCA, donde laboró por más de una década.

En la actualidad es investigador y consultor independiente en derechos humanos, justicia, democracia y seguridad, y además es cofundador e integrante del Laboratorio de Investigación y Acción Social Contra la Impunidad (LIASCI).

“Le llamamos Laboratorio porque ya hay muchos Observatorios, y ya no se necesita que se sigan observando indicadores que nadie utiliza, por eso hemos creado un Laboratorio, porque creemos que hay que experimentar, probar nuevas fórmulas”, explica al momento de presentarse.

La actividad fue convocada por la Asociación Salvadoreño Canadiense (ASALCA), y en la sala hay una escasa docena de salvadoreños. Talvez es porque es sábado, o porque es verano, o porque hay abundancia de eventos en Toronto esa noche que poca gente llegó a conversar con un activista social que ha capturado las portadas de los medios de comunicación durante casi dos décadas. O talvez es porque la gente en el exterior ya está cansada de un país que sigue viviendo las mismas plagas desde hace 27 años en que se firmaron los Acuerdos de Paz, sin que prácticamente nada cambie.

«La Ley de Amnistía, los Derechos Humanos en El Salvador, 40 años después del Magnicidio de Monseñor Romero. Hambre Sangre e Impunidad”, fue el título de la conferencia. Y Cuéllar recorrió brevemente la historia del país desde el siglo anterior, explicando que El Salvador ha vivido siempre como en un estado de “Olla de Presión”, en el cual los ingredientes fundamentales han sido un territorio pequeño, una sobrepoblación grande, pobreza y violencia.

“En los años 60 la válvula de escape fue la migración y el Mercado Común Centroamericano. Esto no funcionó y la Olla de Presión siguió calentando con fraudes electorales, con dictaduras militares y sin escape de presión. Asesinan a Monseñor Romero, a dirigentes de izquierda, se lanza la ofensiva final de 1981 y se desarrolla la guerra”, explica.

Luego se termina la guerra con los Acuerdos de Paz, se crea una Comisión de la Verdad para aclarar las graves violaciones a los derechos humanos, pero de inmediato se declara una Ley de Amnistía y continúa la impunidad histórica en el país, señala.

Así, hoy, dice, “en El Salvador se mantiene estructuralmente la grave violación a los Derechos Humanos, que yo resumo en tres partes: Hambre, porque se sigue aguantando hambre (para ilustrar la violación de derechos económicos, sociales y culturales); Sangre, porque se sigue derramando sangre (para evidenciar el tema del derecho a la vida, la seguridad personal y la integridad física) e Impunidad, porque se niega el derecho a la justicia”.

“Se comenzarían a corregir las dos primeras cosas si se trabajara para que la justicia funcione en nuestro país, que las instituciones impartan justicia sin distinguir quién es quién, (porque) en la medida en que se mantiene la injusticia, indica que el proyecto que se planteó como la solución (los Acuerdos de Paz) y que incluso se exportó como un modelo, ha fracasado, porque ha mantenido solo las apariencias, la forma, pero no ha tocado el fondo”, apunta.

Cuéllar es un crítico apasionado de las injusticias que se cometen en El Salvador, y explica que en la medida en que se mantiene ese “proyecto fracasado” durante tantos años, la situación es peor porque además de la sangre que se derrama, de las muertes, de las desapariciones, “el problema es la muerte de la esperanza, porque un pueblo con esperanza, aunque esté desesperado avanza, pero un pueblo desesperado, sin esperanza, es peligroso”.

A la pregunta de si la elección del nuevo presidente en El Salvador, Nayib Bukele, que tomó posesión el pasado mes de junio, lleva esperanza a su país, manifiesta, como si dictara una cátedra, que en estos momentos en el país centroamericano “hay un ejercicio de ilusionismo bastante marcado, y más que esperanza, la gente está siendo captada y cooptada por ese prestidigitador ilusionista que yo sería el primero en reconocer en algún momento que me equivoqué si las cosas cambiaran del rumbo que han seguido en estos días e incluso desde antes de que tomara posesión, porque no se ve consistencia en el ejercicio del gobierno”.

Para terminar, añade que en la violación de los Derechos Humanos no hay víctimas de izquierda y victimarios de derecha, o víctimas pobres y victimarios ricos. “La impunidad no tiene ideología ni clase social, y mientras la gente no proteste, la impunidad en El Salvador no se va a terminar”, acota.