Entre dólar y bitcóin: La (in)conveniente espectacularización

Por Guillermo Mejía

¿Cuánto comprende la ciudadanía luego de dos décadas de la imposición del dólar como moneda nacional?, ¿cuánto comprende sobre el bitcóin o criptomoneda camino a su entrada en vigencia en septiembre? Al menos, son dos preguntas que surgen en medio del laberinto mediático que más que entendimiento y visión crítica prioriza la espectacularización de la información.

Más allá de los especialistas que se dividen a favor o en contra de la divisa del impero norteamericano o, en el caso de la moneda virtual, se muestran optimistas o pesimistas, el común denominador de los ciudadanos mantiene preguntas más que certezas sobre ambos eventos que marcaron la vida cotidiana, como en el caso de la dolarización, o lo que de seguro será la caja de sorpresas que depara el bitcóin.

En este caso utilizo la expresión (in)conveniente en dos sentidos: primero, que no nos conviene como ciudadanos que los temas de interés público sean espectacularizados al mejor estilo de los reality shows; y segundo, que sí conviene a los intereses mercantiles y políticos-ideológicos que mueven a los medios de comunicación esa perversión de lo que debe ser la cobertura periodística profesional.

Y, claro, estos son temas que sirven de ejemplo para evidenciar una práctica nefasta como común que caracteriza mucho al trabajo informativo.

Nos recuerdan los profesores españoles Emelina Fernández Soriano y Juan Torres López que la Real Academia da al término espectáculo tres posibles connotaciones muy significativas: atraer la atención; inducir deleite, asombro, dolor u otros afectos, más o menos vivos o nobles; y causar escándalo o gran extrañeza.

“Eso quiere decir que el espectáculo es siempre un producto, la consecuencia provocada, conscientemente buscada y resultado de una estrategia específicamente diseñada y puesta en acción”, afirman los intelectuales mencionados en su artículo de opinión “El negocio de idiotizar”, publicado en la revista virtual Ctxt Contexto.

“Los contenidos de los procesos de comunicación que se conciben para ser espectáculos han de tener, pues, una factura determinada y singular que debe responder a la intención con que se crea. Para atraer la atención, el espectáculo en el medio de comunicación debe ser impactante, inmediato y veloz, carente de complejidad y lo más superficial posible para que sea percibido con la menor inversión de tiempo y reflexión”, sostienen.

En nuestra memoria quedaron registradas las “bondades” que ofreció la derecha gobernante de aquel entonces cuando metieron el dólar -sin consulta- con el despertar amargo que significó el manejo de la moneda norteamericana y la desilusión de tener que gastar en dólares, mientras los sueldos quedaron en colones. De los dieces o pesetas pasamos a que lo mínimo fue pagar una “cora” por producto.

Y todo ese proceso bendecido a través del discurso mediático dominante que en la actual coyuntura se divide entre quienes alaban la llegada del bitcóin o la desaprueban, medida que lamentablemente se maneja dentro de la espectacularización mediática que irrumpe en contra o a favor de la postura oficial que nos vende un nuevo paraíso. ¿Entiendes el proceso?

“El espectáculo desnaturaliza la comunicación porque solo fluye de un lado a otro y distrae. Relaja, en todos los sentidos del término, el cuerpo y nuestro cerebro. Nos hade idiotas en el sentido griego de la palabra (quien se aleja de sí mismo y de la polis) y en el latino (persona sin educación e ignorante) porque nos ensimisma y aísla del contexto en que se desenvuelve y explica nuestra experiencia”, advierten los profesores Fernández Soriano y Torres López.

“Y todo ello resulta especialmente trascendente cuando lo que convierten los medios en espectáculo es el debate político. Entonces, este se escenifica y se construye artificialmente, deja de ser un diálogo natural o un reflejo veraz y espontáneo de lo que ocurre fuera.” –agregan- “Se modela y se perfecciona estratégicamente y, por tanto, se redibuja y reconstruye. El ‘paquete’ del debate político convertido en espectáculo es banal y a ser posible entretenido, bipolar, superficial, nunca en profundidad, provocado, anecdotizante y emotivo, buscando, sobre todo, el impacto emocional a fuerza de promover artificialmente el choque, el desencuentro y la contienda”.

Según los autores, la tendencia hacia el predominio del espectáculo en la producción de los medios es la consecuencia de convertir la comunicación en una mercancía que hay que rentabilizar, procurándose una demanda lo más amplia y fidelizada posible, lo que solo se puede conseguir recurriendo a contenidos planos que puedan ser susceptibles de atraer a cualquier tipo de consumidores.

“Es decir, ofreciendo contenidos no sutiles, susceptibles de ser asumidos sin distinción ni criterio, superficiales. Y ha sido la oferta masiva de ese tipo la que ha creado su propia demanda porque, al difundir esos contenidos, conforma también al tipo de sujeto social que los prefiere, un ser cada vez más aplanado y vacío, conformista, que rehúye las verdades incómodas o todo aquello que ponga en cuestión su esqueleto normativo particular”, agregan.

Concluyen los profesores españoles que “Si de verdad queremos vivir en democracia hay que garantizar que la población delibere en condiciones de auténtica libertad y eso significa que hay que impedir que el debate político se prostituya, como ocurren cuando se convierte en espectáculo que, en lugar de promover el conocimiento y la capacidad efectiva de elección, siembra la confusión y aviva el fuego del enfrentamiento e incluso del odio civil.”

Y añaden: “Es imprescindible que los medios públicos se conviertan en el espacio natural de estos debates, quizá la forma más auténtica de mostrar que se encuentran realmente al servicio del interés general. Pero también hay que exigir que el debate que se desarrolla en los medios privados sea plural, reflexivo, ciudadano y no cainita, formativo y habilitador de la capacidad de preferir y decidir auténticamente en libertad”.

En ese sentido, el también profesor español Carlos Álvarez Teijeiro señala que los medios de comunicación se habrían convertido en deficientes gestores del espacio público, al grado de hacer por completo imposible el progreso del discurso público de la democracia.

Las razones que expone el maestro son en primer lugar, la proliferación de seudoacontecimientos o acontecimientos mediáticos; en segundo lugar, la cobertura trivial de la vida política, social, cultural y económica; y, en tercer lugar, la progresiva conversión de la información y de la educación en entretenimiento, siguiendo la implacable lógica del capitalismo.

“El desafío del siglo XXI es que los medios se muestren como lugares privilegiados para ayudar a las audiencias a que definan sus papeles ante sí mismo y ante los demás. A eso se añade la capacidad institucional de los medios para convertirse en foro de encuentro, diálogo, argumentación y debate, en el seno de la historia y aspiraciones éticas que entienden el periodismo como gran conversación del conjunto de la sociedad”, afirma Álvarez Teijeiro.

“Se trata de comprender que la calidad de la vida democrática depende, en gran parte, de la calidad del sistema de medios y tecnologías de la comunicación que la hacen posible. Y de que tal calidad es difícilmente alcanzable si los medios no son capaces de destinar recursos a reflexionar sobre la responsabilidad que les confiere ocupar un lugar de privilegio en la definición y gestión del espacio público”, añade.

Y concluye: “Los poderes y las capacidades que las nuevas tecnologías ofrecen a los medios de comunicación son poderes y capacidades éticamente neutros hasta que se les otorga un sentido preciso, y valdría la pena completar la metáfora del cuarto poder con la clara conciencia de que el poder de los medios es también, y sobre todo, el poder de servir”.

Hay que trascender, pues, del ser idiota que produce la espectacularización mediática. Vaya reto.