Gray afternoon in Milan

VD Engelbert Maldonado Photos

By Engelbert Maldonado, Italy

Parece que en Milán la gente inverna y los que deambulan en las calles, They are those who did not act like ants. Winter, He began 21 de febrero y no dos meses antes.

Ese invierno que comenzó en Codogno, to some 60 kilómetros de la gran ciudad italiana con una niebla en medio de la llanura Padana y que poco a poco se fue agrandando por todo el norte y después por todo Italia, se convirtió en una enorme borrasca que alcanza toda Europa y hoy amenaza todo el mundo.

Desde la formación de aquella niebla, han pasado 21 days. At 7:30 in the morning, un minuto antes de salir de casa, abrí las persianas y vi el cielo gris. Era el preludio de lo que me encontraría por las calles.

Con lentitud, baje las 25 gradas que conducen hacia afuera. Inmediatamente, frente a la puerta, el enorme patio encementado del vecino, donde el perro, las gallinas, los conejos y los dos señores sesentones, giran atendiendo la demanda de los animales. Hoy no los veo.

La vecindad del otro costado de la calle, tampoco está ahí. No hay ruidos, ni en esta, ni en la otra parte de calle. Agarre mi bicicleta. Di las primeras pedaladas.

A unos 70 meters, intercepto la calle principal que es comunica este municipio (Cernusco sul Naviglio) con otros. Hay pocos automóviles, parece como un 25 de diciembre o 1 from January.

En aquel silencio, casi desolador, se siente que en el ambiente deambulaba un fantasma: el covid-19.

Acelero el máximo, a lo que pueden mis piernas. Entro a la pista ciclística que corre por 40 kilómetro a la par del naviglio (canal) la Martesana, una vía fundamental de transporte y comunicación con Milán por casi 450 years, hasta que poco a poco fue perdiendo importancia con la aparición de otras vías y otros medios.

El horizonte, todo gris. No era un día normal, ni lo serán los siguientes. Podía acelerar más de mi capacidad sin tocar los frenos. Nadie o casi nadie corre o pedala . Solo en el agua se ve el mismo tráfico; los peces y patos con el ir y venir, quizás en la vida acuática no circula el fantasma que tiene ahora a todos en casa.

Ingreso a la gran ciudad. Filas de edificios grandes, pocos vehículos por la calle y unos cuantos que caminan tapados de nariz y boca.

Continuo adentrandome y es la misma escena. Llego a Viale (boulevard) Monza, conexión con municipios al norte de la gran metrópoli. Hay más circulación de carros y de gente a pie. Es una zona popular, pero semeja tener una densidad demográfica baja, bajísima.

This morning, nadie tiene prisa. Los transeúntes pasan el semáforo en rojo como si fuera verde y nadie suena la trompeta del automotor.

Todos los negocios están cerrados, casi como una mañana después de una fiesta. Por unas horas me quedo sobre Viale Monza, por algún momento dirijo la mirada hacia el norte, donde, to some 100 metros esta el puente ferroviario. Sobre esa estructura, normalmente, tal vez cada dos minutos, cruza un tren. Pero esta mañana, en una hora, solo vi uno.

A la una de la tarde, regreso a mi bicicleta y otra vez a pedalar. Lento, continúo moviéndome en la ciudad. Extiendo la mirada y parecía que había poca vida. A los costados de la calle, donde hay una hilera de negocios, edificio tras edificio… todos estaban cerrados.

Viale Monza concluye en Plaza Loreto, popular y famosa por sus negocios grandes y pequeños, y por haber sido la sede del ajusticiamiento público del padre del fascismo italiano, Benito Mussolini. La muchedumbre que entra y sale de los túneles de las dos metropolitanas interceptadas bajo la plaza no existen, se han ido este día.

Me conduzco a la estación central de trenes, to some 800 metros al costado sureste de la Plaza por la Calle Andrea Doria. Los bares, restaurants, boutiques, a mi paso, todos están cerrados.

Los hoteles no, pero parecen. La mayoría que se ve deambulando son pordioseros, algunos negros migrantes que sortearon el desierto y el mediterráneo meses antes.

En el costado sureste de la estación central unos cuantos giran alrededor. El parqueo de taxis esta vacío. No ven ni autos particulares descargando amigos o parientes; tampoco están los buses que conectan la estación de tren con los aeropuertos más próximos de Milán. Tampoco están los vendedores de billetes ofertando en voz alta el destino.

En la plaza frente al ingreso principal de la terminal ferroviaria el ir y venir no existe, no se ve la continuidad de buses y tranvías pasando frente al enorme edificio de mármol blanco de la estación. Adentro, la multitud de todos los días, parece escondida, porque el fantasma que gira de dia y noche, que como ángel de muerte cobró más de mil muertos.

Hoy no hay bullicio, las largas filas de sillas están vacías, los pocos que están, se ven pensativos. Los soldados y policías tienen el seño fruncido. De las casi tres docenas de estacionamientos de tren para abordar y desembarcar a pasajeros, un tercio esta desocupado, como nunca antes visto.

Los altoparlantes anunciando partidas y arribos del ferrocarril, normalmente suenan sin parar un segundo, hoy lo hacen hasta con un minuto de retraso. Sin proponérselo, en la enorme galera se vive un luto que el fantasma Covid 19 esta dejando en toda Italia.