Elecciones y la injusta condición de “no-ciudadanía”

Por Guillermo Mejía

Resulta frustrante ver que van y vienen elecciones, y la presencia real de la ciudadanía como gestora de su soberanía queda relegada al remedo de consulta, como sucedió otra vez en los últimos comicios de alcaldes y diputados. Al final, los votantes se conformaron con “elegir” a los representantes de las figuras bendecidas por las cúpulas partidarias.

Esa precisamente es la condición de “no-ciudadanía”, como nos ilustra la periodista y catedrática argentina María Cristina Mata, es decir, “el emblema de quien prácticamente ha perdido el derecho a tener derechos” y que, desde lo comunicativo, aparece en los espacios mediáticos como sujeto de necesidad con sus quejas y llanto.

En esa condición, los ciudadanos (no-ciudadanos) solamente sirven de pretexto más que de sujetos activos de un proceso que les corresponde por derecho en cuanto supuestamente viven en una sociedad que se perfila como democrática y en constante cambio, así de la guerra a la paz y luego a la crisis del sistema de partidos con la decadencia de las principales fuerzas políticas.

La opción sería que la población ciudadanizara los procesos electorales, tal como se estima en las democracias modernas a fin de hacer partícipe de dichos procesos a las bases militantes y ciudadanía en general. Se correspondería con aquello de que el soberano es el pueblo y el que elige, pide cuentas y reconoce al que le sirve desde el poder.

En ese sentido, ciudadanizar las elecciones no significa que vengan partidos políticos cascarones –como vimos en esta ocasión- a enlistar a personas que por intereses particulares se inscribieron en las filas partidarias y que después fueran bendecidas por las cúpulas o dueños de esos partidos. En otras palabras, es un proceso que debe comenzar en las bases y con la ciudadanía.

Tampoco se trata de la vergonzante manipulación de los recursos del Estado, para una campaña propagandística en particular, tal como vimos en el caso del gobierno del presidente Nayib Bukele con su partido Nuevas Ideas. Mucho menos invertir fondos públicos en medios estatales para burdamente hacer campaña electoral como ocurrió con Canal 10 y Diario El Salvador. 

Para ciudadanizar los procesos electorales también es necesario ciudadanizar la comunicación. Es decir, empoderar al ciudadano para que participe activamente en los procesos comunicativos a fin de que sea interpelado y de esa forma recupere el control de la agenda temática superando la idea tradicional de que lo público es sinónimo del Estado como si no fuese la persona el eje de la acción política.

Entonces, una perspectiva ciudadana de la política y la comunicación implicaría que los partidos políticos ya no impongan candidaturas, sino esas candidaturas se construyan desde la ciudadanía con las personas idóneas y también se elaboren programas de gobierno que reflejen los intereses de la colectividad.

Los periodistas deben involucrar al ciudadano en los procesos electorales completos, no solamente encantarlo para que emita el voto. Es necesario que el ciudadano se encuentre con los candidatos para que discutan sobre temas de gobierno más allá de los temas de campaña; es decir, trascender de las arengas o las camisetas al debate ciudadano.

La periodista colombiana Ana María Miralles, experta en comunicación y ciudadanía, afirma que en la actualidad “la máxima aspiración que tiene la población es que los candidatos no sean ladrones, sin darnos la oportunidad de analizar a fondo cada una de sus intenciones o propuestas; es decir, partir del candidato y averiguar quiénes son sus aliados”.

En ese sentido, Miralles insiste en que “se necesita ciudadanizar la política y politizar la ciudadanía”… en otras palabras “somos los ciudadanos los que debemos rescatar la palabra política”.

Vale la pena traer a colación, las reflexiones del comunicador y catedrático boliviano Carlos A. Camacho Azurduy sobre la necesaria participación ciudadana en y desde los medios de comunicación social a través del establecimiento de grandes foros democráticos. Por un lado, que ofrezcan información noticiosa de calidad y promuevan en los ciudadanos la educación para la recepción.

De esa forma, para el autor gestar ciudadanía es “asumir un compromiso social y político por la transformación gradual” de la forma en que se vive en la sociedad, bajo la ausencia de participación y pobreza generalizada, a la vez ejercer, mantener y estimular la conciencia cívica de que todos somos libres e iguales ante la ley.

“Además, construir ciudadanía es favorecer la participación activa de la gente en la edificación y transformación de la sociedad en la que viven conforme a sus necesidades e intereses. Lo anterior implica la conducción a un entorno democrático favorable en el cual las personas, tanto individual como colectivamente, puedan ampliar y desarrollar sus capacidades”, señala Camacho Azurduy.

Dado el abandono de las entidades estatales y los partidos políticos de la formación de una cultura política ciudadana, es necesario asumir el reto desde los medios masivos –independientemente de su naturaleza- en línea de fomentar y viabilizar los procesos de democratización de la comunicación y, por ende, de la sociedad.

Tomando en cuenta la propuesta de la UNESCO, Camacho Azurduy nos recuerda que la democratización de la comunicación comprende una serie de estrategias encaminadas a que el individuo pase a ser un elemento activo (interlocutor) y no un simple objeto de la comunicación aumentando su participación, lo que conducirá al incremento de la variedad de mensajes intercambiados y de representación social en los mismos.

“Al tener voz y representatividad públicas en los medios, las personas adquieren poder (empoderamiento), protagonismo y legitimidad social que facilitan la incorporación de sus temáticas-problemáticas en la agenda pública (lo que es común a todos en la construcción y transformación social), facilitando la toma de decisiones y acciones colectivas sobre las mismas”, afirma el autor boliviano.

Hay que salir del canto de sirenas de “tu arma es el voto”, sin que exista verdadera participación ciudadana en la gestación y conducción de los procesos electorales, basta observar el papel precario del Tribunal Supremo Electoral integrado por los mismos representantes de los políticos en contienda cuando ahí lo que se necesita son representantes de los ciudadanos.

Difícilmente, los intereses creados de los mismos partidos políticos permitan un mejor desempeño de ese tribunal, por cuanto sus representantes andan en busca de sacar ventaja en nombre de sus patrocinadores, como ocurre también con los otros representantes que están integrados en partidos o son parte de grupos de intereses particulares.

Hemos observado un proceso electoral en la condición de no-ciudadanía, relegados a la simple emisión del voto, carentes de información de calidad y, en esta ocasión, atrapados en el pleito (bajero, por cierto) entre “bukelianos versus anti-bukelianos” sin comprender el fenómeno político, menos conocer “la mano que mece la cuna”.

A las triquiñuelas políticas se sumó la forma tradicional de abordar el proceso electoral que resultó poco interesante para los ciudadanos (no-ciudadanos, en este caso), porque mucha de la cobertura y la agenda estuvo marcada por la dicotomía Bukele-antiBukele, lo que permitió incluso casos de mala praxis periodística por desinformación o sesgo informativo. 

En serio, es tiempo de ciudadanizar la política y la comunicación.

(Guillermo Mejía, periodista y profesor universitario, es colaborador de Voz de la Diáspora.