El destino de los olvidados

30-7-2019. Foto VD: Marlon Hernández.
Por Diego Recinos 

Para Brandon, no existieron desfiles, reconocimientos, ni medallas. Para él y su familia, existe la incertidumbre, el miedo y la zozobra que el desplazamiento forzado da a quienes caen en él. Atrás quedaron los años de servicio militar en la guerra civil salvadoreña, atrás quedó la mitad de su cuerpo ofrendado por salvar a sus excompañeros. Ni las pandillas ni el estado reconocen en él a un héroe.

El 25 de julio de 1983 es la fecha que marcó para siempre la vida de Brandon. Ese día, a sus 15 años, ingresó a la Fuerza Armada Salvadoreña en plena guerra civil. En ese entonces, el pequeño país centroamericano, se debatía en una cruenta lucha entre la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y la Fuerza Armada Salvadoreña (FAES) ayudada por los Estados Unidos, quien a toda costa quería evitar que en su patio trasero, un país más se alineara a la sombra comunista alentada por la URSS.

30-7-2019. Foto VD: Marlon Hernández.

Con aires de nacionalismo, por el amor a la patria y por el hambre ocasionada por la guerra, un joven originario del Cantón El Ángel del municipio de Apopa decide que quiere ser parte de algo que nunca comprendió. Tras dos meses de un entrenamiento fugaz, es enviado al cerro de Guazapa (lugar estratégico para la Guerrilla y donde se daban fuertes enfrentamientos con la Fuerza Armada). “El entrenamiento fue duro y bastante pesado, pero nada lo prepara a uno para cuando te toca andar en el monte y comienzas a oír el sonido de las balas pasar rosándote la cabeza”, expresa Brandon.

Durante 5 años, entre 1983 y abril de 1987, el adolescente pasó a ser un hombre y con su experiencia en combate logró el ascenso a Sargento. Las balas, las minas y los enfrentamientos le dieron la bienvenida a la mayoría de edad.

En esa etapa de su servicio militar, antes de cumplir los 18 años, ¿usted mató? – Pues mire, en una guerra ya se sabe lo que le espera a uno y estás dispuesto a morir. Algunas veces, se ponía tan fea la situación en el frente, que solo escuchaba sonar el fusil. Pero teníamos que sobrevivir y defendernos. No podía permitir que me mataran ¿qué más puede hacer uno sino defenderse? Es duro ver caer muertos a los compañeros a los pies de uno. Vi morir a muchos. Vi hombres partidos por la mitad, otros con sus intestinos de fuera y me tocó arrastrarme entre todos ellos para poder salvarme a mí y a los demás”.

Pero la vida le tenía algo más guardado al joven Sargento. La mañana del 25 de abril de 1987, Brandon bajaba del cerro de Guazapa con un pelotón de 180 soldados, marchando él en la décima posición, cuando sin saberlo, entraron a un campo minado.

De los 9 hombres que caminaban adelante de Brandon, solo 2 quedaron vivos. Brandon, al recobrar el sentido tras la explosión, cargó en sus hombros a uno de ellos hasta la zona segura de extracción. Pero al dejarlo en el lugar, pisó una mina.

No recuerda mucho. Tiene imágenes borrosas. Dentro del mosaico de recuerdos tiene presente que introdujeron en su garganta un tubo de lapicero para que pudiera respirar, pues las esquirlas de la mina le habían cortado una parte de la garganta, de los brazos y lesionado buena parte de su cuerpo.

La vida se le acababa a Brandon. Pasó 5 días en coma con más del 80% de su cuerpo con lesiones graves. Al sexto día despertó. Pero al ver su cuerpo se sintió incompleto. Brandon había perdido una pierna. Trató de gritar, pero también había perdido su voz.

Fueron 4 meses de terapia y de tratar de superar el impacto psicológico de lo ocurrido. En abril de 1988 lo llevaron al Estado Mayor, donde él junto con varios lisiados de guerra, fueron abandonados a su suerte. “Estuvimos varios ahí sin hacer nada. Nadie nos dijo nada, ni las gracias ni un adiós. Unos salieron a sus casas y yo decidí volver a mi cantón”.

30-7-2019. Foto VD: Marlon Hernández.

La vuelta a la vida civil sin ninguna preparación fue traumática. “Pasé meses sin dormir, tenía pesadillas, soñaba con mi pierna e imaginaba que caminaba. Quedé bastante traumado. Por lo que comencé a beber y como no podía trabajar, caí en depresión”.

Sin trabajo y con una pensión de 400 colones al mes, Brandon, tuvo que rebuscarse para ganarse la vida. Aprendió el oficio de tapicero y puso su propia tapicería. Decidió mudarse de casa y luchar por rehacer su vida.

Con el paso de los años, el Sargento se casó y tuvo 3 hijos. Junto a su familia y con mucho esfuerzo, las cosas comenzaron a mejorar. Hasta una mañana veraniega del año 2016, cuando tres muchachos, casi de la edad de su segundo hijo, llegaron a cobrar “la renta por la tapicería”.

“Yo por mis hijos y mi esposa, no tenía armas, pero me hubiera gustado tener algo con que defenderme”. Tras la primera visita y la negativa de Brandon, siguieron varias visitas más. “Me encañonaron dos veces. Me pusieron la pistola en la cabeza y me pidieron pagarles 100 dólares al mes. A mí, no me da miedo morir, ya estuve muerto y vi varias veces a la muerte de frente. Pero no podría perdonarme si algo le pasa a mi familia”.

30-7-2019. Foto VD: Marlon Hernández.

La familia decidió denunciar a la Policía lo ocurrido. “Fuimos a la PNC dos veces y la policía trató de investigar, pero las amenazas continuaron y se pusieron peor”. Sin más remedio y con la esperanza de salvar a su familia, Brandon abandonó el país el 17 de abril del año 2017.

Con lo poco que pudo salvar de su casa, la familia entera llegó a Europa. “Decidí venirme por salvar a mi familia, mi niña está pequeña y no quiero que nada les pase a mis dos hijos. Pero nunca imaginé lo duro que iba a ser vivir aquí”.

Brandon y su familia solicitaron asilo en un país europeo. Sin embargo, ya recibieron la primera negativa a su solicitud. Europa cree en los informes de los gobiernos salvadoreños que muestran una exitosa lucha contra las pandillas, y por no haber una guerra civil, Brandon y su familia no corren peligro y deben volver a su país.

Las cosas no pintan bien. Por no tener documentos, tener acceso a las medicinas es un problema titánico para Brandon. A la falta de medicamentos se suma la falta de empleo. “Yo quiero trabajar, valerme por mí mismo y sacar adelante a mi familia , como siempre lo he hecho. Pero por no tener papeles, no consigo trabajo”. Los pocos trabajos que están en el mercado negro son mal pagados, con horarios extenuantes y de una carga física fuerte.

30-7-2019. Foto VD: Marlon Hernández.

A pesar de las contrariedades y de sus limitaciones físicas, Brandon ha trabajado de lo que ha podido conseguir. “La persona que me contrató me trata como quiere. Entro a trabajar a las 6 de la mañana y a veces, ni tiempo de comer ni ir al baño ni de tomar agua nos da. Somos unos esclavos para él. Una vez me sacó de trabajar a las 12 de la noche y quería que entrara otra vez a las 6 de la mañana. Yo no podía más. Tenía el muñón hinchado y tenía un dolor que no me dejaba caminar bien. Le dije que no podía, y me contestó que él podía conseguir a 10 más como yo recién bajados del avión. No me volvió a llamar para trabajar en varios días”.

Brandon ha buscado sin éxito ayuda en la Embajada salvadoreña de este país europeo. Pero ellos responden que no está en sus manos hacer algo por él. “He pensado en regresarme solo. Ahora, no lucho contra un enemigo sino contra el olvido y el abandono. Lucho contra la enfermedad, la falta de trabajo y claro que me afecta la lesión”.

En la actualidad, y tras una prueba de vida por la que tuvo que pagar 10 Euros a la Embajada, Brandon recibe 400 dólares al mes de pensión. 200 por ser lisiado y 200 por ser veterano. Dinero que apenas cubre la alimentación de su familia en un país tan caro.

El Sargento Brandon fue mutilado por la guerra, extorsionado y amenazado por las pandillas y dejado en el abandono por su país. Un héroe de guerra, un veterano, un padre, un luchador por la libertad contra la supuesta amenaza comunista; ahora se debate entre volver a una muerte segura o vivir en la explotación. Esta es la vida después de la muerte.