El crimen visto de reojo: Incesto

Foto ilustrativa: Pixabay.
Por Dra. Margarita Mendoza Burgos

El incesto es un crimen mucho más común de lo que se cree. Someter a una relación sexual -o incluso el abuso- a personas de nuestro propio círculo familiar se da con una frecuencia alarmante y en todo tipo de estratos sociales. 

En muchas culturas se ha considerado que los parientes, especialmente los hijos, son parte de nuestro patrimonio. Por lo tanto pueden ser “utilizados” como si de una posesión se tratara. Entre las tipologías podemos observar que algunas son de poder, otras de derecho sexual, de posesión, otras de pseudopareja o incluso de buscar en los niños del núcleo familiar lo que creen que no obtienen de sus parejas.

También es propiciado por vivir en espacios muy pequeños, por el hacinamiento y, sobre todo, por falta de cultura y respeto sobre los seres humanos más desprotegidos.

En Estados Unidos, cada minuto es violada una mujer, organismos feministas calculan que una de cada cuatro niñas en el rango de 0-12 años ha sido víctima de incesto.

En México, 7 de cada 10 agresiones sexuales son cometidas por conocidos, el 35% de ellas por familiares. Cifras que asustan.

El proveedor, que solía ser el hombre, era visto como una especie de Dios, de poderoso e irrefutable al que todo se le permitía. Algo ha empezado a cambiar.

Coincide, además, con que las mujeres han entrado a la economía y a empezar a ver por sus derechos que este papel autoritario ha sido cuestionado. En países como China, Japón y Rusia, por citar tres ejemplos, las relaciones incestuosas no están penadas pero el matrimonio civil tiene restricciones.

Hay muchas mujeres que dan mucho valor a una pareja, aunque sean ellas quienes lo mantienen. Existe, incluso, una modalidad de incesto que consiste en ofrecer al patrón de latifundios a nuestras hijas y se justifica que el primero debe ser el padre que la ofrece. 

No es tan sencillo detectar un caso de incesto en la familia. Existen pactos de silencios preservados por los que creen que es un derecho del proveedor hasta los que callan por vergüenza y miedo.

Por otro lado, la autoridad no da muchas salidas, ya que en el mejor de los casos aislarán a la víctima del medio, pero solo para caer en las tutelares u hospicios en donde tampoco existen buenas condiciones. 

Todo esto, obviamente tiende a condicionar la armonía familiar. Pero solo a veces.

En otros, no influye para nada el hecho, ya que los integrantes echan un velo de oscuridad sobre el asunto y es como si no pasara nada. Es decir, no se habla de él, por lo tanto no existe.

Por eso es más duro para las víctimas. El incesto puede darse entre hermanos, primos o cualquier familiar que aprovecha una situación de indefención de sus victimas.

A veces, en nombre de la armonía familiar es que se le hace callar a la víctima, que incluso queda con una extraña sensación de culpabilidad. 

Las consecuencias en el abusado son variadas y complejas: mucha tristeza, baja autoestima, culpabilidad, depresión, problemas para dormir y regresiones a etapas más tempranas, como volver a orinarse en la cama o chuparse el dedo. También suelen autolesionarse, llegando incluso a manifestar el deseo de no vivir e intentar quitarse la vida. 

Aún si se tratase de la relación con un padrastro o si la víctima es un hijo adoptivo, si bien no puede describirse como incesto, la situación es igualmente condenable. Puede que no lleven la misma sangre, pero la falta no por eso es menos grave. El círculo familiar, ese núcleo que debería estar protegiéndole, es el caldo de cultivo de las vejaciones.  

Hay muchas parejas que prefieren hacerse “los del ojo pacho” para no perder al depredador prefiriéndolos por sobre sus propios hijos. En el país ya se han dado casos de niñas que han sido echadas de su casa por sus madres debido a que el padrastro las ha abusado, e incluso embarazado, aduciendo que han tenido conductas provocadoras imposibles de resistir por los depredadores 

El incesto es un crimen y debe detenerse, aunque para eso se necesite mucho valor. Hay víctimas, hay victimarios, pero también cómplices.