10 agosto, 2022

De cuando existió el “Cafetín Danubio”, crónicas de Ilobasco

En el Ilobasco de mis recuerdos, en ese tiempo, no había un lugar decente para sentarse a degustar un buen refresco, un plato de golosinas o una buena cerveza bien helada.

Por Ramón Rivas /Antropólogo

IlobascoEl Salvador – En los chalés de las señoras Hilda Herrera, Teodolinda Euceda, la Lola y Marquín Andrade, entre otras mujeres emprendedoras, a un lado del portal, se ofrecían frescos, gaseosas, licuados y cervezas a los empleados de la alcaldía, los juzgados y a las vendedoras de los almacenes, pero también a los que esperaban transporte rumbo al Guayabo, Jutiapa, Tejutepeque, Cinquera, entre otras rutas.

Esos pueblos eran confines alejados de todo.

En el Ilobasco de mis recuerdos, en ese tiempo, no había un lugar decente para sentarse a degustar un buen refresco, un plato de golosinas o una buena cerveza bien helada.

Y solo fue hasta que doña Hilda Herrera dejó su chalet en el parque para abrir su bien ponderado, “Cafetín El Danubio” en la avenida Bernardo Perdono y a unos doscientos metros del almacén de don Juan Saca, en donde los campesinos acostumbraban beber agua de un recipiente colocado en la parte derecha de la entrada del pueblo, para esos tiempos, “elegante almacén”; un tecolote con agua que algunos creyentes le atribuían ser milagrosa. Luego, ese almacén se convirtió en una casa comercial llamada “Shelane” y después en el “Par 2”.

Doña Hilda Herrera estableció su Cafetín Danubio en una casa grande: En la sala, al lado derecho estaba un elegante mostrador, y en la parte de atrás un estante con bebidas de diferentes sabores y a un lado, sobre el suelo, un cajón con hielo donde se guardaban las cervezas.

Frente al mostrador había unas mesas y allá, al fondo en una esquina se sentaban los “notables” del pueblo y al lado en otra mesa los amigos que llegaban en grupo a degustar de alguna bebida y la platicada. Al fondo un inmenso corredor era cotejado por mesas dispersas y no faltaba una hamaca en donde más de algún atrevido o amigo del negocio daba una dormida. Ahí en el corredor una enorme rocola en forma de ropero de colores guardaba la música del momento y más de alguno llegaba, introducía una moneda y escuchaba la música que quería.

“El Cafetín Danubio”, era el lugar de la plática, del encuentro; no había más en el desolado pueblo.

En los chalés en la calle, contorno al parque, se ofrecía también, música que emanaba de grabadoras del tamaño de una valija de viaje, rancheras para los campesinos los fines de semana y música de trío y boleros para los del pueblo. Era en el parque y sus alrededores en donde se informaba y hasta se inventaban las tristezas y alegrías de los lugareños.

Pero fue cuando doña Hilda Herrera crea el “Cafetín El Danubio” que la cosa cambió, ya que es entonces cuando se conforma el primer cafetín formal en el pueblo y el punto de reunión de clubes altruistas y deportivos.  Muy pronto “El Cafetín Danubio” se convirtió, en el centro de convenciones del Club Deportivo El Roble; y más que cafetín, para muchos, el lugar era considerado como una especie de club social.

Frecuentado por conocidos y extraños, fue el primer cafetín que introdujo la cultura de las boquitas: chacalines, jocotes, mangos, galletas con jamón, costillas al gusto, tajadas de pepino con limón y plátanos fritos, que acompañaban las cervezas, a 40 centavos al tiempo y a 50 heladas.

En la rocola del “Cafetín Danubio”, se escuchaban canciones de Pedro Infante: “¡Amorcito, corazón, yo tengo tentación de un beso…!”, y de Javier Solís: “¡Si me llaman el loco… porque el mundo es así…!”.

“El Cafetín El Danubio”, con sus cortinas de pajillas con cajuelas, fue también famoso por sus licuados de naranja, cebada, melón y plátano, hechos a mano y con la ayuda de una “coctelera”, —trasto sencillo que se utilizaba para batir, ya que no existía la licuadora eléctrica—, y los espumosos batidos con molinillo de madera. Pero los licuados de “tiste” —una ricura de maíz tostado, canela, vainilla y azúcar— eran los preferidos por todos y hasta por los ‘engomados’.

En el “Cafetín Danubio” se planificaba cómo hacer negocios, conquistar una novia, ganar una diputación y hasta se coordinaban las estrategias electorales para ganar la alcaldía; pero también se lloró por pérdidas y decepciones del alma.

“El Danubio” fue invento de mi mamá; y nos hizo lo que somos” —me comentó el abogado Sigfrido Herrera—.

En este restaurante no sólo se experimentó con la primera licuadora, sino que también se instaló la primera fábrica de hielo de la región, que fue conocida como “fábrica de hielo ardiente”, comprada por doña Hilda a doña Julia Hielo ardiente Cantor.

La emprendedora señora adquirió, además, la fábrica de helados con todo y las fórmulas del producto a los hermanos Anchieta, que habían llegado de Santa Ana. Ilobasco se ha caracterizado por ser cuna de gente laboriosa y emprendedora, y con ello nos dejaron un buen ejemplo.

El mismo abogado Herrera me dijo: “Una vez cuando con mi hermano Fio, allá por inicios de la década de los noventa disfrutábamos de un paseo por la República checa y luego de haber visto unos días antes el imponente río Danubio recordamos a mi mamá y el Cafetín Danubio, y nos preguntamos sobre el porqué mi mamá había elegido ese nombre. Y es que mi madre en su humildad y lejanía en que vivíamos ya había escuchado el nombre de estos lugares y música clásica como la del grande Chaikovski con su famosa melodía de El lago de los cisnes”. Mi mamá era visionaria”.

Doña Hilda viajó por Europa y el medio oriente y podría haber sido quizá la primera mujer de Ilobasco que en el desierto de Egipto viajó en camello. Para el terremoto que sufrió el país en 1986, ella se encontraba en Israel y fue en una Iglesia Ortodoxa que, abatida por lo sucedido, pidió a Dios por su familia y el país.

Conocí a esta emprendedora y amable señora y recuerdo haber tenido mis once años y como veía que ahí entraba gente comía y bebía, pero escuchaba música de moda yo me anime entrar al renombrado cafetín de cortinas de pajillas en la puerta de entrada.

Doña Hilda batía un tiste atrás del mostrador.  Qué vas a querer hijo, me dijo al verme. Una cerveza de aquellas, le dije señalando unas cervezas vacías sobre una mesa. “Andá sentate”, me dijo muy amable, y luego apareció una mesera con un enorme fresco de tiste. “Aquí, le manda doña Hilda para que termine de crecer” me dijo la jovencita.  Yo a mis once años no sabía dónde poner la cara de esa “ahuevada” diplomática.

Aplauso para esas nobles mujeres emprendedoras que sentaron las bases para hacer y proyectar un buen momento y futuro con sus esfuerzos.

Fotos proporcionadas por el Lic. Sigfrido Herrera.

Felicidades mi estimado Fio Herrera por tu cumpleaños. ¡¡¡Larga vida!!!