Atrás de la casa mataron a monseñor

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Por Lauri García Dueñas – Acapulco, México
Foto: Luis Romero

Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras consagraba la hostia en una misa en la iglesia de la Divina Providencia en la colonia Toluca de la capital salvadoreña.

Desde niña siempre escuché la frase: “Atrás de la casa mataron a monseñor”.

“Yo estaba tendiendo tus pañales cuando escuché el disparo”, repetía mi madre.

“Yo escuché la noticia en la radio y viví el pánico”, decía mi padre.

Al dar la dirección de la casa, decimos: “Detrás del hospital Divina Providencia, donde mataron a monseñor”.

Iglesia de la Divina Providencia en la colonia Toluca de la capital salvadoreña.
Òscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado en una misa en la iglesia de la Divina Providencia en la colonia Toluca de la capital salvadoreña.
Foto: Luis Romero

Y con el tiempo supe.

“Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”, dijo y por eso lo mataron.

Infancia es destino, dicen.

Al crecer y escuchar ruidos nocturnos en la casa, creía que era el fantasma de monseñor.

Cómo sería su fantasma que no me daba miedo.

Tal vez la gente que da la vida por los pobres se convierte en una sombra blanca, en un árbol de paternas o en el canto de los pájaros.

Crecer sabiendo que atrás de la casa mataron a un hombre que no fue cualquier hombre.

“La voz de los sin voz”, le llamaron.

Ver su escritorio, su ropa, su foto con los lentes grandes.

Ver su imagen colgar del espejo retrovisor de Carlos, y que él siempre dijera: “San Romero” y se golpeara el pecho fuerte con el puño cerrado.

Verlo despintarse de un mural.

Verlo encenderse de nuevo.

“Detrás de mi casa mataron a monseñor”, y que la rabia no se desgaste.

“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, dijo.

Pero yo creo que monseñor también es el árbol de paternas y el canto de los pájaros de mi infancia atolondrada.